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Todo lo que debes saber sobre las protestas de Baltimore

Michael Brown en Ferguson. Eric Garner en Nueva York. Freddie Gray en Baltimore. Y presumiblemente muchos más casos que han tenido repercusión pública nula o menor, pero no por ello son soslayables.

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Parece ya un mal crónico, inaceptable y mortal que afecta a la sociedad estadounidense y sus fuerzas policiacas: agentes que actúan con brutalidad en contra de afroamericanos, o de personas de otras minorías, muchas veces sin una causa suficiente para ello, con tal crudeza que el individuo resulta muerto, aunque se encuentre desarmado. Y, por añadidura, sin que la justicia sea percibida como efectiva pues –al menos en el caso de Brown y Garner- los policías responsables de los fallecimientos resultaron exonerados.

 

Y, nuevamente, el patrón se ha repetido en gran medida en Baltimore con Freddie Gray. Al joven de 25 años en un momento del pasado 12 de abril se le acercaron oficiales de policía, él escapó del lugar, fue perseguido y finalmente arrestado sin que al parecer hubiese una razón efectiva para ello. Fue sometido rudamente y lastimado durante su arresto; no se le ofreció la necesaria atención médica en ese momento y, al final, durante su traslado en una camioneta de la policía algo le provocó graves lesiones en su cgarnersolumna vertebral que le causaron después la muerte.

Se habla de que Gray no fue apropiadamente sujetado con cinturón de seguridad y que, en esa condición, sufrió un viaje tortuoso y violento por lo que habría sido una manera brutal de conducir. Se alega que todo fue premeditado, que esa práctica sería una forma de castigo, una tortura que los policías en Baltimore practicarían con inquietante frecuencia.

Todo tienen una alta dosis de incertidumbre hasta el momento, pues es poco lo que se sabe de cierto. Pero parece claro que Gray no estaba haciendo realmente nada malo o ilegal cuando todo el incidente se desató. Una investigación imparcial e independiente es necesaria para esclarecerlo, y para en su caso sancionar a los responsables. Pero por ahora todo eso es un tenso pendiente y, en las calles de Baltimore la indignación social se ha calentado al grado de desatar grandes protestas, en ciertos casos violentas como sucedió el lunes pasado.

En este sentido, debe diferenciarse entre la expresión legítima y pacífica de indignación y el vandalismo, entre el clamor de justicia y la destrucción delictiva. No puede obviarse que hay relación en ocasiones entre ellas, pero la primera no engendra a la segunda como algunos quisieran suponer, sino que es más bien la segunda la que se ceba en el contexto de la primera aprovechando el escenario de dolor, tensión, miedo y enojo en el que todo está inscrito.

¿Por qué en Baltimore?

Ciertamente la muerte de Gray tuvo que ver con la actuación específica de ciertos policías en un determinado momento. Pero el caso se inscribe en un fenómeno mayor, que tiene paralelismos con los casos de Garner en Nueva York y, sobre todo, con el de Brown en Ferguson.

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Según un artículo del portal Fusion, Baltimore y en especial muchos de sus suburbios son un notorio ejemplo de desigualdad y desasosiego social. Por ejemplo, en Sandtown, donde vivía Gray, un barrio casi por completo habitado por afroamericanos, sólo el 42% de la población está empleada, en comparación al 59% del promedio nacional. El 33% de las viviendas están allí abandonadas. Y sólo un 4.5% de la población del vecindario tiene un título universitario.

Esas cifras revelan una situación de pobreza, desesperanza y abandono de enorme magnitud, factores que son caldo de cultivo de muchos problemas sociales, entre ellos la violencia y la delincuencia y, también, una actitud de rudeza desmedida y prejuicio de parte de la policía.

El periódico Baltimore Sun responde a la pregunta de por qué Gray huyó de la policía, desatando la persecución que terminó trágicamente: la pobreza y la falta de oportunidades que agravia de modo crónico y sin aparente solución ha orillado a muchos jóvenes a unirse a pandillas, a participar en el menudeo de drogas y otros delitos. Un cuarto de todos los jóvenes fue arrestado, por ejemplo, entre 2005 y 2009. Y hay allí uno de los peores índices de violencia doméstica y de homicidios del país, además de que en el vecindario de Sandtown-Winchester hay el doble de tiendas de licor y tabaco per cápita que en todo Baltimore. Ante todo eso, es común que la policía actúe de modo opresivo y crudo.

En ese contexto de erosión social, el propio Gray tenía ciertos antecedentes menores, si bien eso no justificaba su arresto en el caso específico del incidente mortal. Pero sí deja entrever por qué habría decidido huir el fatídico 12 de abril y habla de una desconfianza total hacia las autoridades. Y, en el caso de la policía, el Baltimore Sun señala que la corrosiva lucha que en esos suburbios se libra contra pandillas y traficantes ha transformado a todos en sospechosos, sobre todo a los afroamericanos, y dado pie a conductas policiales desproporcionadas: por ejemplo, el ‘Sun’ indica que si bien blancos y negros consumen marihuana en la misma proporción aproximada, la tasa de arrestos de afroamericanos por posesión de esa planta es 5.6 veces más alta que la de arrestos de blancos, de acuerdo a cifras de la American Civil Liberties Union. Hay, pues, un énfasis policial en ciertas comunidades, algo que si bien tiene sus razones acarrea lacras y absurdos que deberían corregirse y que engendran las injusticias, y las tragedias como la de Gray.

Members of the community gesture in front of a line of police officers in riot gear, near a recently looted and burned CVS store in Baltimore

Lo grave además del saldo letal de esas predisposiciones y prejuicios es que a escala local y nacional no se ha hecho lo suficiente para neutralizarlos. 

El propio presidente Barack Obama dijo, al referirse al caos en Baltimore que si bien el vandalismo es injustificado y es simplemente una forma de crimen, también hay “algunas policías que no están haciendo lo correcto”, de acuerdo a CNN, en referencia a las fuertes tensiones que por largo tiempo se han incubado –y con grave frecuencia estallado– entre las comunidades afroamericanas y las fuerzas del orden público.

Lo cierto es que todo pudo haber sido diferente, al menos en Sandtown-Winchester. Allí tuvo lugar a mediados de la década de 1990, según narra el portal Salon, un gran proyecto de construcción de vivienda comunitaria en el que se invirtieron 130 millones de dólares. Pero de poco sirvió, o quizá al final ese fracaso fue una más de las consecuencias y detonantes de la actual debacle de ese vecindario, donde hoy cunden las viviendas abandonadas y la actividad de pandillas y bandas de traficantes, siendo el lugar con el mayor índice de personas que han ido a prisión en todo el estado de Maryland.

Y en el colmo de las confusiones, la alcaldesa de Baltimore Stephanie Rawlings-Blake optó en un momento por echarle a los medios de comunicación parte de la carga, por supuestamente haber presentado erróneamente sus palabras cuando ella dijo que el Departamento de Policía de la ciudad debería “darle a quienes quieren destruir espacio para hacerlo”, con lo que se infiere que eso habría sido un acicate de permisividad para la actividad vandálica, de acuerdo al portal Politico.

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Ciertamente la cobertura mediática de los sucesos de Baltimore tiene un inevitable rostro negativo, como el de la realidad que retrata, pero culpar a los medios no sería sino una forma de tratar de salir por la puerta equivocada. En contrapartida, policías de Baltiomore habrían dicho que la moderada reacción que tuvieron el pasado lunes ante los actos vandálicos habría sido inicialmente porque, a su parecer, gran parte de los involucrados en las protestas eran menores de edad, indicó una nota en The New York Times.

Las contradicciones, injusticias, absurdos son muchos, pero ¿cuál es la solución en Baltimore y en tantos otros lugares del país? En un muy crítico editorial en el ‘Times’, el autor D. Watkins va directo a la yugular. Para él no habría excusas ni paliativos: la policía de Baltimore es un “grupo de terroristas, financiados con nuestros impuestos, que golpea a la gente en nuestra comunidad a diario, casi siempre sin tener que explicarlo o pagar por sus acciones”, dice. Y relata en su artículo rudas experiencias de su niñez y adolescencia en Baltimore, cuando él y su familia sufrieron el acoso y la opresión tanto de criminales como de policías. Y, ahora mismo, él cuenta cómo participaba en una protesta el pasado sábado en Baltimore cuando, al pasar junto a un área de bares concurridos por blancos aficionados al béisbol éstos les gritaron “No nos importa” (en alusión al drama de Gray y al clamor de las comunidades afroamericanas) y los llamaron monos, simios. Una pelea se desató allí, dejando varios heridos.

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¿Cómo se pueden sosegar los ánimos, ya no digamos construir un ambiente de paz, en tal contexto de crispación? Watkins cree que solo con el levantamiento ciudadano es eso posible, y cierra con la inquietante frase condicional de que o la alcaldesa deja de proteger a los policías que mataron a Gray o verá arder a Baltimore.

No es un panorama esperanzador.

En The Washington Post se coincide en que en Baltimore solo era cuestión de tiempo para que todo estallase. ¿Es ese el diagnóstico para tantas otras ciudades con minorías que sufren extrema desigualdad, opresión policial y profunda desesperanza?

El nuevo temor ante el caso de Gray y Baltimore es que, nuevamente, la tragedia no lleve a nada, que las lacras que lo causaron sigan intocables, que los responsables (como sucedió en los casos de Brown y Garner) no sean sancionados y que los factores estructurales sigan agobiando a miles y miles.

El reto ahora sería no esperar a otro Ferguson u otro Baltimore, sino comenzar a revertir los problemas de fondo. El presidente Obama lo reconoció así al afirmar que las tensiones entre policías y minorías es una “crisis de lento desenvolvimiento…. Que ha estado sucediendo por mucho tiempo. Esto no es algo nuevo ni debemos pretender que es nuevo”.

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El presidente llevó a comunidades y policías a emprender una “búsqueda de su alma”, una introspección sobre todo el desastre. Pero hacen falta medidas muy concretas además de la reflexión para encarar el asunto. Sobre todo justicia clara y verdadera, transparencia y oportunidades de desarrollo social. Y aunque la conmoción en la opinión pública ha sido evidente en todos estos casos, no es claro que se vaya en la dirección correcta.

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Esta entrada fue publicada el mayo 1, 2015 por en Generales, Historia e Histeria, Internacionales.

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